Recuérdalo!

Son las 7.12 pm cuando bajo de la combi, camino a la universidad. En lugar de seguir mi acostumbrada ruta, caminar sobre la acera y bordear las rejas del fast food que queda frente a la UL, decido llegar a esta atravesando el estacionamiento, buscando esta vez ahorrar tiempo y evitarme el aglomeramiento de personas de aquella vereda. Cosa extraña en mí, puesto que escapa a mi acostumbrada rutina, la cual sigo desde hace 5 años. Me hizo pensar por un instante que quizás algo extraordinario podía suceder en lo que quedaba del día dado el curioso acontecimiento, producto de mi inusitada decisión.

Llego a mi clase con 17 minutos de retraso y para suerte mía, hasta aquel entonces, el profesor aún no llega. Busco un lugar próximo a mi amiga y no hallo alguno, por lo que salto a reclamarle el porqué no guardó un asiento para mí a su lado.  Una chica lo oye y responde a mi reclamo cediéndome su sitio, puesto que ella sólo se encontraba de paso en aquel. Entonces, me acerco feliz y triunfante a ocuparlo. Al cabo de un momento ingresa el profesor y todos deben dejar de hacer lo que andaban haciendo, cerrar el internet, callarse y prestar atención. Para ese entonces yo me encuentro algo sonñolienta y me recuesto un poco en la silla, abro el paint y trazo algunos dibujitos inútiles con tal de no dormirme. Aunque al cabo de una hora, ya muchos están cayendo producto de su quietud y la parquedad del profesor, a los cuales él ronda, cual ave de carroña en busca de animales caídos. Mi amiga, que estaba a mi costado, empieza a conversarme con papelitos, a lo cual yo sólo respondo con asentimientos de cabeza. Luego, empieza a hacer dibujitos también, corazoncitos, estrellitas y etcétera. Yo río un poco por sus ocurrencias y sigo mirando al profesor, tratando de no distraerme y recordando mecanismos para el examen que tomaría luego. Sin embargo, una cosquilla de inquietud empieza a asomar, las ganas de seguir usando el paint y trazar gráficos inexplicables me mantienen en ascuas. Entonces, decido abrir el programita de marras y empezar a hacer dibujitos como los de mi amiga, en respuesta a los que ella había hecho. Al verlos, ella a empieza a reír, tratando de disimular un poco, al igual que yo, que mantengo cara seria mientras los hago. La risita semi disimulada de mi amiga alerta al carroñero y hace que empiece a acercarse mientras murmura en voz alta qué es lo que pasa por nuestro sitio. Se acerca rápidamente y yo trato de cerrar el paint, hasta que llega finalmente mientras yo con las justas logro ocultarlo, algo tarde, ya que había notado mi gesto apurado y el preciso momento en que cerraba la ventana. Lógicamente, reacciona, ofendido y empieza a vociferar frases tipo “creen que soy idiota?”. Pregunta que aunque supiésemos con absoluta certeza responder no nos atreveríamos dado el humor del momento. Entonces, decide aplicar a ambas su seudojusticia, obligándonos a salir del salón y negándonos la posibilidad de dar el examen programado, a lo cual mi amiga y yo decidimos no refutar, aunque nos hayamos obviamente estupefactas ante el radicalismo de su castigo, puesto que botarnos del aula nos parece lo más justo, sin embargo, el hecho de negarnos dar la prueba nos parece un exceso. Sólo puedo llegar a la conclusión de que su cólera amasijada por la indiferencia de los demás alumnos decidió descargarla en ambas.

Salimos del aula, incrédulas aún, preguntándonos cómo se dio cuenta. Nos recostamos en una baranda, al lado del aula, mientras observamos hacia abajo, el vacío, algunas personas y las luces tenues del parque de la universidad. Tratamos de tranquilizarnos y reír algo, exhalando una risa más preocupada que cómoda, claro está. El nerviosismo nos hace actuar así. Seguimos tratando de hallar explicación y nos quejamos de su rectitud. Tratamos además de ensayar estúpidas apologías, en busca de una oportunidad para aquel examen y esperamos a que el consabido break se presente.

Llega la hora, lo notamos porque los demás alumnos comienzan a salir del aula. Entonces nos asomamos a la puerta y algunos otros se nos acercan a preguntar qué cosa hicimos, nos cuentan sobre el comentario socarrón de él: “dos exámenes menos que corregir”. Les explicamos, se ríen, nos reprenden un poco y nos alientan en la búsqueda de la chance. Nos miramos a las caras y le digo a ella “habla tú” y ella responde “no, habla tú”. Desde la puerta seguimos mirando al profesor y su arrugada amargura, sacándonos de la lista de asistencia. Bueno, eso es la tercera cureldad que nosotras suponemos nos está aplicando. Y lo llamo cureldad más por mi amiga que tiene un record de trato con profesores impecable, muy diferente al mío, que sí cuenta con un pequeño historial criminal, en temas académicos porsupuesto.

Finalmente, con ayuda de una conocida de ella, nos acercamos al profesor y le dirijimos la palabra, disculpándonos, aunque dentro nuestro sabemos que lo detestamos, y haciendo promesas tipo “no volverá a ocurrir” a lo cual él, con suma paciencia responde “ustedes saben cómo soy yo”, “lo siento, pero la letra con sangre entra”  y demás modismos de época. Seguimos insistiendo con más argumentos débiles, quizás porque en el fondo no nos importa ya tanto y su rotundo “no” se estrella en nuestras caras. Entonces, el último intento por quedar bien brota de mí, al preguntarle si algo puede hacerse por recuperar aquella nota, obteniendo como respuesta un “no, lo siento, saben que no suelo dar más chances”. Todos los insultos enfurecidos habidos y por haber pasan por mi mente en ese instante mientras mantengo una sonrisa resignada frente a él. Nos alejamos, agradeciendo políticamente, porque no queremos demostrar que somos unas rencorosas sino, chicas civilizadas y conscientes de sus culpas.

Salimos nuevamente del aula y esta vez nos vamos al auto de mi amiga, a hacer hora, puesto que volver a casa con una hora de adelanto resultaría sospechoso. Una vez en su auto, ella pone música y charlamos un poco. Llegamos a la conclusión de que nos sentimos un poco mal no por la nota, sino por la vergüenza vivida. Al ser públicamente echadas, obligadas a dar nuestros apellidos para ser sacadas de lista y finalmente, pateadas en el culo con la prohibición de dar examen.

Seguimos charlando trivialidades, sobre música, sobre chicos, sobre nuestro peso, sobre fiestas de fin de semana y demás. Por instantes ella se recuesta en su asiento, para que la gente que pasa por el estacionamiento no la reconozca y pregunte luego. A mí, sin embargo, no me preocupa ya. Observo alrededor  y caigo en cuenta de mi falta total de arrepentimiento. No me siento más avergonzada, sino todo lo contrario. Volteo a verla con la cara orgullosa por lo acontecido, segura de recordarlo en adelante, feliz de que esa infortunada situación nos haya tocado. Lo extraordinario del día se había dado, pues, no todos los días te castigan junto a tu mejor amiga.

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~ por Alterself en febrero 1, 2008.

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